Los gestos y el conocimiento turbulento
Matías Serrano · 2026
Texto para la publicación Onomatopeias del proyecto Aproximaciones subacuáticas, Club Sonoro Deportivo.
Cuando queremos explicarnos algo del mundo, solemos recurrir a dos formas de conocimiento aparentemente elementales: o nos dirigimos a su composición material (de qué está hecho, qué partes lo conforman, qué procesos lo llevaron a ser), o a su capacidad de relación (para qué sirve, dónde participa, con qué se conecta). Esta distinción fue propuesta por el físico Sir Eddington en un famoso seminario en 1927, donde por medio de la pregunta ¿qué es una mesa?1, les hizo ver al público presente que, para él, en realidad no hay una sino dos mesas, y que la existencia de cada una depende del grado de aproximación. Para la ciencia el asunto principal es el de entender a la mesa a partir de sus materiales primarios (algo con patas, madera, extensión), mientras que para las humanidades lo relevante es lo que permite hacer la mesa (reunir, apoyar, comer)2. Así, si no queremos caer en una infantil batalla por decidir si una u otra forma de conocimiento es más válida, debiésemos asumir esta duplicidad del mundo.
El filósofo Graham Harman, sugiere que ambas perspectivas están igual de erradas, ya que considera a estas como dos maneras sofisticadas de reduccionismo. Para esto, acuña dos conceptos: undermining, reducir a partes; overmining, reducir a relaciones3. En esa línea, si queremos entender algún aspecto de la realidad deberíamos encontrar una tercera alternativa. Para él, la mesa real no sería ninguna de las anteriores, sino que se situaría en un extraño lugar intermedio, un lugar inaccesible tanto para las humanidades como para las ciencias. Bajo su esquema filosófico, sería posible la existencia de una esencia de la mesa, aunque retirada totalmente de nuestro acceso sensible, desde el entendimiento o nuestro lenguaje. La mejor estrategia sería asumir esta indeterminación. Sin embargo, aún podemos generar intentos de ver los objetos en sí mismos. Como lo hacen las artes visuales desde el movimiento minimalista, el cual nos propone apariciones estrictas de los objetos, invitándonos a abandonar otras interpretaciones y preconcepciones de utilidad. Su modelo filosófico es finalmente uno basado en la estética y del contacto a una manera socrática: la filosofía no es sinónimo de sabiduría, sino amor a la sabiduría.
¿Qué tiene que ver esto, con un proyecto basado en piscinas, cuerpos y sonidos? Una de las objeciones más obvias que se le puede hacer a Harman, es que la noción de esencia puede ser consistente con objetos que aparentan quietud, como las mesas o las obras minimalistas, pero, ¿cómo produciríamos conocimiento sobre un campo en movimiento y efímero como la acción de un colectivo de natación?4 Siguiendo el esquema de Eddington ya refutado por Harman, la acción de un grupo de personas sobre el agua no es reducible a la suma de las moléculas de hidrógeno, oxígeno y cloro, los cuerpos humanos, los trajes de baño, los gorros, las boyas, las banderas, los hidrófonos, las cañerías y termostato, el aire enrarecido del ambiente ni las ventanas empañadas. Tampoco lo sería al tipo de acción que ejecutan, ni la contemplación de los espectadores, la competencia, la sana actividad física ni la producción de nuevos sonidos. Hay algo en la interacción de estos elementos que tiene propiedades más que acumulativas, emergentes.
El agrónomo André Haudricourt elaboró una sugerente hipótesis sobre la construcción del conocimiento en oriente y occidente. ¿Tienen alguna relación las distintas técnicas de pastoreo y cultivo en estas regiones distantes, con los modelos de pensamiento inmanentes o trascendentes que emergieron en cada zona? Su estrategia tiene mucho que ver con dejar de estudiar estas prácticas desde sus elementos aislados. Dejar de mirar las herramientas, los animales, o el clima de manera separada, y comenzar a observar las fuerzas que hay detrás de cada relación posible entre éstos: “Las relaciones de los hombres con la naturaleza son infinitamente más importantes que la forma de su cráneo o el color de su piel para explicar su comportamiento y la historia social que él traduce. La vida cotidiana de las épocas pasadas tiene que ser restituida para comprender la actualidad”5. Su clave, finalmente, es la del gesto. Es a través de este concepto que emergerían distintos tipos de conocimiento. Un gesto, como acción, nunca proviene de un sujeto ajeno a la naturaleza de la que participa, sino que éste opera a partir de un ser-atravesado por diversos flujos energéticos y materiales, que a la larga sedimentan en otras estructuras, tanto formales como de lenguaje.
Una noción de objeto tradicional no nos ayuda para comprender la compleja trama de interacciones que hay en la producción de conocimiento que realiza un colectivo de natación. Pero si observamos sus gestos, en un medio tan extraño como un pesado cuerpo de agua encerrado en un espacio arquitectónico particular, podemos notar cómo cada movimiento del cuerpo es tanto una respuesta a las olas y burbujeos como una acción que a su vez genera más turbulencia. Cada braseada, pataleo, respiración y burbujeo genera una agitación en el agua y esta retroactivamente afecta a la acción. Si además consideramos la atmósfera, expresada en la humedad ambiente y la temperatura del agua y del aire, podríamos dejar de intentar construir conocimientos reduccionistas y observar cómo cada ente no es más que un participante de un complejo y turbulento campo de fuerzas. Y a partir de ahí, dejar alguna pregunta metafísica abierta: ¿somos, o participamos?
Notas
- Harman, «La Tercera Mesa», 226. ↩
- Se hace autoevidente aquí la distinción entre materia y relación, donde para definir al primero recurrimos a sustantivos, y para el segundo, verbos (acciones), o si se quiere, predicados. En la tradición occidental, influida fuertemente por Aristóteles, la noción de realidad está esencialmente amarrada a la gramática. A muchos nos enseñaron en nuestra educación primaria estos conceptos en “lenguaje y comunicación” (o castellano, letras, lengua, literatura según la época y lugar), como una herramienta técnica para el buen hablar y el buen escribir, sin darnos cuenta de que traía escondida una metafísica. ↩
- Harman, «La Tercera Mesa», 227. ↩
- Harman respondería que bajo su modelo los objetos no son más o menos importantes ni por su tamaño ni por su permanencia en el tiempo. La decisión sobre qué es un objeto o no, es finalmente (y paradójicamente, para sus pretensiones “objetualistas”) un modelo mental, que podemos aplicar a quarks, pensamientos, canciones, imperios y fenómenos perceptivos. Harman, «La estética como cosmología», 156. ↩
- Haudricourt, El cultivo de los gestos: Entre plantas, animales y humanos, 80. ↩