La nostalgia del ruido
Bárbara Molina y Matías Serrano · 2022
Publicado originalmente en VIRAL, editorial El Rayo Verde.
Pensar y escribir sobre las prácticas sonoras en medio de la pandemia de COVID-19, con su irrupción y alteración de las cotidianidades, tiene una carga diferente al hacerlo desde Chile. Porque no se trata, simplemente, de ver y escuchar a una ciudad que vació sus calles debido a las cuarentenas, sino que en este contexto, se vaciaron calles que estaban siendo ocupadas como espacios políticos, principalmente desde el 18 de octubre de 2019.
Ese día, la normalidad, y por cierto su sonoridad, se había transformado completamente. Luego de algunas semanas de evasiones masivas de estudiantes secundarios en el metro de Santiago, el aumento de la represión y el cierre de las estaciones de metro, hizo encontrar a toda la ciudad en la calle, a las personas unas a otras. La rabia acumulada produjo diversas manifestaciones sonoras: algunas personas gritaban y aplaudían, otras sacaban las cacerolas a la calle. Los autos que transitaban acompañaban con bocinazos mientras atravesaban alguna barricada. Muchos tomaban piedras o palos y los usaban para golpear basureros, carteles o rejas, extendiendo así su propia rabia y formando un gran cuerpo sonoro. Amorfo, disonante, disidente, pero propio. Símbolo del hastío de formar parte de este experimento neoliberal. De repente, habíamos dejado de ser cuerpas individuales, sobreviviendo a duras penas y de manera angustiosa, y estábamos comenzando a mirar hacia el lado, notando que las crisis no eran tan personales.
Si bien el estallido social no es algo que se produjo de un día para otro, siendo resultado de procesos de lucha que tienen una larga trayectoria, desde ese día, en adelante, nuestra percepción de la realidad, y por ende nuestra identidad, comenzó a mutar de manera colectiva. Comenzamos a abandonar la lógica vertical, de ser nombradas y ordenadas por los criterios de la autoridad de turno, y empezar a preguntarnos cómo nos queríamos identificar y organizar. Si el estallido del 18O, como pulsión emocional, se manifestó sonoramente, principalmente como cacerolazos, las semanas y meses posteriores fueron incorporando además un componente mucho más poderoso: la escucha. Las cuerpas individuales se dejaron de encontrar solas, y la manera de forjar los enlaces era a través de crearlos, en espacios de comunicación amorosa y horizontal. Proliferaron los cabildos y asambleas, de trabajadores, estudiantes y los territorios. Se abrieron nuevos espacios de conversación donde la escucha era el mecanismo principal de, primero, reconocimiento de identidad individual, al permitirnos resonar con los conflictos e inquietudes de otras personas, y también de construcción de proyectos colectivos que hicieran sentido a esas comunidades. En la época de las redes sociales, y el capitalismo del yo, y la proliferación del auto-reconocimiento a través de las imágenes, se abrió una brecha en la que nos volvimos a reconocer como colectiva a través de otros modos perceptivos: escucharnos, ser cuerpas presentes, y mantener la memoria viva de quienes ya no estaban.
A algo así, sonaba la “normalidad” en la que nos encontrábamos, hasta justo antes de la pandemia. La distancia social que debimos adoptar como forma de cuidarnos tenía otro sabor, porque significaba fragmentarnos y separarnos de los espacios que nos habían definido los últimos meses, los lugares en los que resonábamos, y vivíamos. Las tecnologías de la información y comunicación nos ofrecen alternativas para no perdernos de vista, pero son sustitutos pobres de la riqueza que tenía escucharnos y vernos frente a frente. El ruido de las calles y el movimiento popular se reemplazó por el ruido algorítmico de las redes sociales, los servicios de streaming, y el del espectáculo televisivo con los informes diarios de la pandemia. Volvimos a estar delimitados y designados por una autoridad y sus intereses antojadizos, sin tener mucha posibilidad de seguir ocupando los espacios públicos y construyendo nuestra dignidad. Añoramos escucharnos sin el filtro de un micrófono de manos libres, en el espacio público, en comunidad.
Sin embargo, ese espectáculo pobre y propio de la política chilena, tuvo una particularidad: el día 14 de julio, anterior a la votación por el retiro del 10% de las AFPs, del ahorro personal de previsión, en la Cámara de Diputadas y Diputados, las cacerolas volvieron a sonar. Se propagaron por cada ciudad del país, a modo de advertencia. El sonido metálico, el mismo que nos hacía aparecer y hacernos visibles, se volvió a utilizar para advertir a los de la política de las apariencias: no estamos en silencio, estamos al acecho. Volveremos a aparecer, viviremos escuchándonos, venceremos resonando.